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47 Años de Historia en la Planta: la Vida de Jorge Brusco

16 de junio de 2026

Este año cumplo 47 años desde que entré a la planta. Para mí, toda la vida fue así: primero estuvo Ford, y después veíamos cómo seguíamos. Pero este lugar, que hoy es mi segundo hogar, nunca estuvo en mis planes. Llegué de pura casualidad.

Venía de pasar mi segundo servicio militar en el frío de la cordillera, allá en el Canal de Beagle. Era obligatorio en esa época. Estuve casi dos años entre la primera y la segunda. Cuando salí de ahí, el panorama se me transformó por completo. Ya no me servía lo que venía haciendo. Necesitaba otra cosa para empezar de nuevo. Alguien me contactó para una vacante en un concesionario de la Avenida San Martín, que hoy ya no existe. El gerente me entrevistó, me miró y me dijo: "Esto no es para vos". Me armó una carta de recomendación y me mandó directo a la planta de Ford.

Cuando entré a finales de los 70, esto no era solo una ciudad como dicen los chicos ahora. Aquello era un mundo. Te hacían los análisis médicos y las radiografías en el mismo centro industrial. Yo cumplía con los requisitos y quedé. Mi primer puesto fue en Control de Producción —lo que hoy conocemos como Logística— y, desde ahí, nunca más me fui.

El día que una computadora AT cambió mi destino

Los primeros 11 años estuve en la planta. Yo sentía que me quedaba chico el puesto, pero a veces no basta con saberlo, hay que tener suerte y buscar la oportunidad. En el año 1990 llegó la primera y única computadora de todo el centro industrial: una vieja PC 'AT'. Solo un compañero, Mario Jakubowski, sabía usarla de manera muy rudimentaria.

No lo dudé. Me aparecí en su pequeña oficina con el termo bajo el brazo:"¿Qué hacés, Mario? ¿Nos tomamos unos mates?". Estuve casi un año yendo en mi tiempo libre y sin límite de horas para que Mario me enseñara a usar la computadora. Sabía que el futuro estaba ahí.

La oportunidad me encontró una tarde en que Mario faltó por una gripe. El director de Logística necesitaba un informe urgente y la secretaria le dijo: "Jorge sabe hacerlo". Enseguida vino mi supervisor de montaje y me dijo:"Andá a cambiarte que te viene a buscar el chofer de presidencia". Me llevaron al hall central, directo al despacho del director. "¿Vos sabés hacer esto?", me preguntó. Le dije que sí. "Lo necesito en cinco minutos", me contestó. Y lo hice. Nunca más volví a la planta.

Me di cuenta de que el futuro estaba ahí, me esforcé, aprendí, y a partir de ese día fue una carrera ascendente hasta hoy. Ford me dio la posibilidad de crecer, y eso no lo olvido.

Evaluar prototipos: cuando nos daban la llave del futuro

Una de las épocas que más disfruté de mi historia en la empresa fue cuando desde el área de Personal nos daban los prototipos de los autos los fines de semana para que los evaluáramos antes de que salieran a la venta. Tenías que subirte con la mente del cliente y completar un cuestionario detallado.

Nos pedían que viajáramos lejos para testear si las radios sintonizaban bien en la ruta. Me encantaba salir a la calle y ver cómo la gente se daba vuelta para mirar el auto porque era la primera vez que lo veían en sus vidas. Así fue como me enamoré a primera vista del Ford Escort, el último que se produjo.

Por qué me quedé, incluso cuando me tentaron

A lo largo de casi cinco décadas te tientan de otros lados. Me ofrecieron irme. Un director de logística me propuso seguirlo: si ganaba 10, me daban 11. Lo agradecí muchísimo, pero no acepté. Porque yo inicié mi carrera en Ford. Hasta ese momento, todo me lo había dado Ford. Irme me parecía una traición. No me arrepiento.

Mi vínculo con Ford es estabilidad, buen clima y oportunidades.

Algo que siempre hice fue enseñar, sin miedo. Yo te enseño todo, aunque después me superes; es más, tenés que superarme. Entendí que alguien que niega la información es alguien que no está preparado para trabajar en equipo. Por eso me prometí ser exactamente lo contrario. Hubo mucha gente que me ayudó sin guardarse nada, sin ese temor, y a esos los recuerdo con muchísimo cariño.

Y hay otra práctica de vida que aplico todos los días: tratar a todos por igual. Para mí, vale tanto el más alto directivo como la persona que limpia la calle o la que cocina en el comedor. Solo tenemos un cartel distinto que indica nuestra posición dentro de la empresa; pero si nos despojamos de ese cartel, somos todos iguales. Yo me detengo a hablar con todos. El respeto no cambia por el cargo.

Mis compañeros son los primeros que no quieren que me vaya. Cuando me cambié de oficina hace dos meses, vinieron todos a saludarme. Ya planté esas semillas.

A Ford, si tuviera que definirla en tres palabras, sería: alegrías, anécdotas y estabilidad. Acá tuve camaradería, buenos momentos y la tranquilidad de saber que mi familia estaba sostenida.

¿Fui feliz? Olvidate. Algo que nunca perdí es la felicidad. No me siento un amargado de estar acá; al contrario, vengo a generar optimismo y alegría todos los días. Y siento que, por donde anduve, mis compañeros me quieren.

Eso, para mí, es haber tenido una buena vida. ¿Qué más puedo pedir?