Sí, Quiero
Hay gente que pone a prueba su matrimonio con hijos, hipotecas o mudanzas. Nosotros decidimos hacerlo justo después de firmar el acta.
Después de cinco años de relación, un hijo de dos años y muchas ganas de celebrar el amor, decidimos casarnos por civil. Conseguir fecha no fue fácil. Después de insistir, llorar un poco ante la funcionaria de turno y conciliar con nuestro destino, terminamos con una cita para un viernes 20 de noviembre de 2015 a las 10 de la mañana en un registro civil arriba de un shopping. Sí, romanticismo nivel máximo.
Cuando sacamos el turno teníamos un Ka Viral blanco 1.6, nuestro primer auto. Lo habíamos comprado 0 km y para nosotros era un sueño, ahí pusimos la sillita de nuestro hijo por primera vez. Pero claro, para semejante evento “LA BODA” decidimos cambiarlo. Porque aparentemente casarse, tener un hijo y organizar un evento no era suficiente estrés.
Dos días antes del casamiento nos entregaron un Focus 2.0 SE Plus, cinco puertas, blanco. Blanco como iba a ser mi vestido. Cuando nos subimos juntos por primera vez, sentimos que viajábamos en una nave espacial. El tablero parecía un avión: botones por todos lados, levantavidrios automáticos, sensores, pantallas… Nosotros veníamos de un Ka donde el mayor lujo era que entrara el cochecito del bebé sin desarmarlo demasiado.
Volvimos a casa felices. AUTO NUEVO. BODA EN 48 HORAS. Ese olor mezcla de cuero, plástico protector y alfombra nueva… el perfume oficial del progreso. Y mientras acariciábamos el volante como si fuera una reliquia, repetíamos nuestro mantra: “Con cuidado. Hay que ir con cuidado”.
Porque el Focus no era un auto. Era EL auto. Nuestro auto familiar. Nuestro“mirá hasta dónde llegamos”. Y así, entre emoción, nervios y falta total de sentido común, llegó el viernes.
La ceremonia era a las 10 AM. ¿Quién da turnos de casamiento a las 10 de la mañana? ¿A qué hora tenía que levantarme para maquillarme, peinarme y estar lista para las fotos? ¿A las 3 AM? Obviamente llegamos tarde.
Entramos al shopping y apareció LA rampa. Angosta. Curva. Oscura. Empinada, muy empinada. Ahí tuvimos el primer pensamiento colectivo: Después vemos cómo salimos.
Pero entre el nene atrás, el vestido, los nervios y el“nos estamos por casar”, decidimos ignorar completamente esa alarma mental. Y por un rato funcionó.
Llegamos al registro, estaban nuestras familias, nuestros amigos, todos emocionados. Foto va, foto viene. Firmas. Besos. Lágrimas. NOS CASAMOS.
Y seguimos casados, perdón por spoilear el final.
Terminó la ceremonia y arrancó el operativo“ir al salón”. Ahí apareció ESE amigo del novio. Todos los hombres tienen uno: medio chanta, fanático de la música electrónica, que siempre anda por la vida como si estuviera saliendo de un after en Costanera.
—Los acompaño —dijo. Y mi marido, sin dudarlo, le respondió:“Dale, subite atrás”. Todo con una confianza que no se le da a cualquiera. Es la confianza reservada para el mejor amigo. El que conoce las peores historias, los momentos más bochornosos, el que estuvo ahí en etapas que sería mejor que tu futura esposa jamás descubra del todo. Su mera presencia ahí era casi como un presagio vendría otro momento vergonzoso.
Pagamos el estacionamiento, nos subimos al auto y avanzamos hacia la salida. Silencio. Mi marido agarró el volante. Yo lo miré. Él me miró. Los dos pensamos exactamente lo mismo:“Dios, la rampa.”Y entonces la vimos.
¿Quién diseñó eso? Parecía una pista de despegue vertical. El Ka subía esas cosas liberando apenas el embrague y rezando un Padre Nuestro. Pero el Focus era enorme. Más pesado. Más largo. Carísimo para nosotros. Y completamente nuevo.
Mi marido empezó a subir despacio. Demasiado despacio. El auto perdió fuerza. Frenó en plena curva. Silencio otra vez.
Hasta que el amigo gritó desde atrás: —¡ACELERÁ! Mi hijo empezó a llorar: —¡VAMOS A CHOCAR! Yo gritándole al amigo que se calle. Autos atrás tocando bocina. Gente mirando. El olor a embrague empezando a aparecer. SÍNTESIS: CAOS.
El auto comenzó a irse para atrás. Muy despacio al principio. Después un poco más. Vinieron empleados del shopping a ayudarnos, poniendo tacos en las ruedas para que el Focus no siguiera bajando. Parecía una escena de rescate en alta montaña, pero en un estacionamiento cualquiera de Recoleta.
Imagínenme: vestido blanco, tacos imposibles, altísimos, un nene de dos años llorando a upa y yo tratando de bajar por una rampa asesina sin partirme la cabeza. Encima pensaba:“Si choca el auto, el vestido ya no va a combinar.”
Nuestros familiares encontraron otra salida y llegaron antes que nosotros al salón. Mientras tanto, el amigo —claramente aportando soluciones útiles-, dijo: “Dejen el auto acá y nos tomamos un taxi”.
¿QUÉ? No señor. Llegamos cuatro al registro; mi marido, mi hijo, yo y el auto NUEVO; y nos íbamos a ir cuatro…quizás cinco si continuaba la amistad con el amigo.
Probablemente fueron los nervios por el casamiento, porque al Focus no le pasaba absolutamente nada. Mi marido respiró hondo, aceleró como correspondía y finalmente el auto subió la rampa.
Yo me subí recién cuando llegó a nivel de calle, todavía con el corazón en la garganta. Llegamos una hora tarde al salón…si, una hora completa, pero la fiesta fue espectacular. Y el auto, milagrosamente, no tuvo ni un rayón.
Los años pasaron, cambiamos el auto -obviamente por otro Ford-, tuvimos otro hijo y al día de hoy seguimos felizmente casados. Mientras relato esta historia me doy cuenta que el verdadero“sí, quiero”no es el que sucedió en el registro civil sino el que vino después de sacar el Focus por esa rampa odiosa:“Sí, quiero”_ que juntos enfrentemos las cuestas que la vida nos depare… pero por favor a ese shopping no volvamos nunca más.