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La Historia De Mi Sprint

8 de junio de 2026

Esta historia se escribe en tinta azul, porque azul es mi corazón desde que sentía desde el vientre de mi madre, el ronroneo de ese Futura 1967.

Corría el año 1972 cuando mi padre recibe en su oficina la noticia que le cambiarán el próximo año el auto que la empresa le asignaba e informalmente le comentan que Ford estaba por lanzar un nuevo modelo -el Sprint-, una versión deportiva del tradicional Falcon. Asintiendo la noticia, pensaba lo difícil que iba a ser dejar a su compañero de fierro, ese Futura que por su guapeza y nobleza había ganado toda su confianza. Pasaron los meses y también llego la noticia de mi venida al mundo. Llegamos con apenas meses de diferencia, yo en Abril y “mi hermano de chapa” en Septiembre de 1973.

Y así vino el Falcon Sprint a la Familia, de Pacheco a Automotores Rivadavia y de ahí con papá a casa. Pronto se afianzó entre nosotros. Desde un inicio robó las miradas del barrio y los lugares a los que íbamos por sus líneas, lo novedoso y los rugidos que oportunamente emitía en los semáforos cuando algún otro auto “lo toreaba”. Así me crie: en el asiento trasero durante años, viendo desde pequeño como papá pasaba cambios, maniobrando feliz en cada viaje mientras escuchábamos la radio- o luego el pasa magazines-. Así seguía creciendo y armando mi pequeño universo en la burbuja del asiento trasero de mi Sprint.

Pasaron los años, papá logró frenar 3 intentos de cambio de unidad en el trabajo. Le ofrecían autos cero kilómetro y modelos nuevos, y él siempre respondía con el pedido de quedarse con “su” Sprint.

Hasta que un buen día llegó el momento su jubilación y con él, la terrible hora de desprenderse del auto que tantas satisfacciones le había dado. Fue entonces cuando en una breve y emocionante ceremonia le otorgaron el Falcon como premio a su desempeño y paso por la compañía. Su felicidad fue también la de mi madre y mía que ya habíamos iniciado el “duelo” sabiendo que EL vehículo era en realidad propiedad de la empresa.

Seguimos sumando viajes, vacaciones, buenos y malos momentos económicos…la vida misma en un país que siempre fue una montaña rusa de situaciones socioeconómicas. Crecimos juntos. A los 12 años empezamos a alternar el asiento delantero del acompañante con mi madre para tener otra visión del mundo. Con el tiempo pasamos a tener un 2do vehículo de calle para que el Sprint no se expusiera tanto y se lo empezó a cuidar más, porque ya se estaba convirtiendo en un Clásico.

Los dos teníamos 17 años cuando, a escondidas de papá y después de observar tantas y tantas horas de manejo, me animé a empezar a manejarlo. Él, celoso de su Sprint, no me lo prestaba. Así fueron nuestros primeros uno a uno, siempre de “contrabando”.

Papá enfermó y ya no podía manejarlo. Por“duro”y brioso, se volvía indomable para su delicada salud. El Sprint quedó entonces guardado unos años hasta después de la partida de papá. No queríamos importunarlo con su uso.

Pasado el duelo, se lo puso en valor nuevamente. Con él comencé a asistir en el año 2007 al Club Amigos del Falcon, donde me rodeé de personas con las que compartíamos el mismo sentimiento, no sólo por una marca sino por un modelo en particular. Lo sentí desde la primera reunión. Era donde quería estar: junto a otros Falcon y con quienes tenemos la misma pasión. Hoy presido el Club de mis amores junto a amigos que como yo dedicamos nuestros ratos libres a organizar actividades para el resto de los socios, siempre junto a mi fiel“hermano de Fierro”_, él Blanquito.