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Domingo De Turismo Carretera

8 de junio de 2026

Era un domingo soleado de marzo de 1987. El noble Falcon de color rojo nacido en 1965, nos había transportado a mi viejo y a mí hasta un Au­tódromo de Buenos Aires con tribunas colmadas de gente que parecía querer colgar sus banderas en el cielo.

En mi casa siempre se palpitaron las carreras y siempre se via­jó en Falcon. Fueron cinco en total: dos Standard, un Deluxe, una Rural y un Sprint. Resultaba la ecuación perfecta para trasladar cómodamente y sin problemas a una típica familia de clase me­dia: mis viejos, mis dos hermanas y yo. Y perfec­ta también fue la simbiosis que a principios de la década del ochenta se produjo cuando yo empecé a meterme de lleno en el mundo de los fierros. El Falcon todavía se fabricaba y competía en Turis­mo Carretera; ante cada triunfo, yo iba al garaje y lo miraba orgulloso. Pero la televisión, la radio y las revistas Corsa no eran suficientes para mi incipiente pasión. Yo quería verlo en su hábitat más salvaje y aquel domingo de marzo, finalmente mi viejo sucumbió ante mi permanente insistencia.

Quedate acá” me dijo y me guiñó un ojo. Ca­minó unos metros hasta dar con la persona en­cargada de uno de los accesos peatonales y yo me quedé esperando a una distancia prudencial, mientras sonaban de fondo las transmisiones de radio y los motores. Lo vi regresar con una son­risa y con un par de credenciales de cartón naran­ja en la mano. “Con esto podemos ir a cualquier lado”, dijo mientras caminábamos presurosos para ver de cerca los pilotos y los autos que conformaban el parque del TC. Ignoro la cantidad de revistas que había devorado para ese entonces, o cuántas noches de domingo había esperado impaciente la emisión de “Coche a la Vista” y “Campeones” para ver el resumen de las carreras, soñando con poder estar cerca de los autos, escucharlos, to­carlos. Pero eso estaba a punto de ser historia: estábamos ahí, mi viejo y yo, pateando el playón interno de boxes, corriendo de punta a punta, cámara de fotos en mano y gorrita de Ford sobre mi cabeza, admirando ese mundo de pilotos afables y motores nerviosos y enojados que hacían de ese ruido infernal, una sinfonía incomparable. La mejor música del mundo.

El bocinazo que habilitó la salida de los autos a la pista nos planteó el interrogante. “Vamos a la horquilla, papá”, le supli­qué, y hacia allí fuimos a paso veloz. No habría más de tres po­licías para contener al gentío, y el único banderillero presente ya tenía suficiente trabajo como para sumar otra responsabili­dad. Así que nos mantuvimos detrás de ese imaginario cordón policial, esperando la largada de la serie e ideando el modo de poder estar más cerca de ese asfalto oscuro y gastado por mil batallas. A pocos metros de la pista, con las radios a todo vo­lumen y la adrenalina brotando por los poros, en la horquilla esperábamos ansiosos la llegada del pelotón. Sabíamos que en cuestión de segundos emergerían desde la recta opuesta aque­llos gladiadores de metal.

A fondo y en cuarta velocidad, los autos se acercaron a la curva. Patada al freno, rebaje a tercera, segunda, primera y a doblar. Algunos llegaron con las ruedas delanteras bloqueadas, otros frenaron cruzados y transitaron la horquilla de costado, a puro volantazo mientras los escapes soltaban interminables lenguas de fuego. El humo de los asados se mezclaba con el de los neumáticos y se sazonaba con notas de nafta, aceite, asbes­to y embrague quemado. Cada rebaje me golpeaba en el pecho y en los oídos y sentía que el corazón se pasaba de revolucio­nes. La gente enloquecía; cada vez que alguien se adelantaba un paso para ver mejor, los otros hacíamos lo mismo mientras los policías gritaban y gesticulaban para hacernos retroceder, como intentando contener con las manos la llegada de una ola a la orilla. Cuando quise darme cuenta, prácticamente todos estábamos parados a escasos centímetros del piano interno. El éxtasis era total.

Dos series más tarde y después de un almuerzo gourmet com­puesto por una exquisita hamburguesa a medio cocinar (la parrilla no se limpiaba desde que Fangio había ganado el GP de F1 de 1957) y un vaso con más hielo que gaseosa, fuimos hasta la terraza interna. Mi viejo -que conocía el Autódromo y sus secretos- me acomodó sobre el alero que hacía las veces de techo sobre la vieja calle de boxes y así, con las piernas colgan­do desde ese lugar privilegiado, descubrí que no existía mejor panorámica para disfrutar juntos la final.

El ganador de la carrera fue Esteban Fernandino, obviamente al volante de un Falcon.

Hasta el día de hoy estoy convencido de que mi viejo aceleró imaginariamente ese auto desde la terraza de boxes con tal de verme festejar en mi debut un triunfo de Ford. Regresa­mos a casa tocando bocina por la General Paz mientras la tarde intentaba escaparle a la melancolía dominguera, viajando en aquel Falcon rojo con el mejor papá del mundo a mi lado y con un óvalo estampado para siempre en el corazón.